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El Parque 9 de Julio, un museo a cielo abierto a descubrir
San Miguel de Tucumán, julio de 2026. Edición especial


“Con la de restauración de estas esculturas valiosísimas, estamos rescatando nuestra historia, nuestra cultura y el arte en este paseo, que es de todos los ciudadanos.”
El Parque 9 de Julio no es solo el gran pulmón verde de San Miguel de Tucumán. Entre sus avenidas, rosedales, fuentes y rincones arbolados, guarda también un patrimonio artístico singular: un conjunto de esculturas que, desde hace casi un siglo, forman parte del paisaje cotidiano de la ciudad.
Muchas de estas piezas llegaron al parque durante la década de 1920, en un momento de fuerte modernización urbana y cultural. La provincia buscaba afirmarse como un centro de progreso, educación y refinamiento artístico, en diálogo con las grandes tradiciones europeas. En ese contexto, el arte clásico ocupó un lugar central: sus formas armónicas, sus figuras mitológicas y su ideal de belleza fueron incorporados al espacio público como parte de un proyecto cultural más amplio.
En 1927 y 1928, durante la gestión del gobernador Miguel Campero, con la colaboración de Juan B. Terán y de la Comisión Administradora del Parque Centenario, se adquirieron numerosas reproducciones de esculturas griegas, helenísticas y neoclásicas. Algunas fueron realizadas en mármol de Carrara; otras, en hierro fundido, provenientes de prestigiosas fundiciones europeas como Val d’Osne, de París, y Cesare della Seta, de Roma.
Así, el parque comenzó a transformarse en una verdadera galería al aire libre.
Belleza clásica en el paisaje tucumano
Entre las obras incorporadas se encontraban piezas emblemáticas como la Venus de Milo, la Venus de Médici, El Discóbolo, Diana de Gabies, el Gálata moribundo, El Idilio, Meditación y El Lebrel. Su presencia respondía a una idea muy clara: el espacio público también debía educar la sensibilidad, acercar el arte a la vida cotidiana y ofrecer a la ciudadanía una experiencia estética directa.
La disposición de las esculturas no fue casual. Cada pieza fue ubicada en diálogo con el entorno natural, buscando que la figura, los árboles, la luz y los senderos formaran una misma composición. De ese modo, el parque no solo se embellecía: también se convertía en un escenario donde la naturaleza y el arte se complementaban.
Un paseo con historia
En 1928, el Parque 9 de Julio ya contaba con más de treinta esculturas instaladas y se anunciaba la llegada de nuevas piezas. Al mismo tiempo, avanzaban obras de veredas, puentes, bosques, avenidas y la Rosaleda.
Laocoonte y sus hijos. Esta escultura inmortaliza el trágico mito del sacerdote troyano que intentó alertar a su pueblo sobre el peligro del caballo de Troya.
