Edición septiembre
La Batalla de Tucumán: el día que se desobedeció para salvar la Revolución
1812
La senda libertadora que se encendió con la Revolución de Mayo de 1810 encontró su prueba de fuego más decisiva en el suelo tucumano. Fue aquí donde el heroísmo de su pueblo y la estrategia desplegada por el general Manuel Belgrano se unieron para librar la cruenta Batalla de Tucumán en septiembre de 1812.
Ese año, el destino de la Revolución de Mayo pendía de un hilo. Manuel Belgrano retrocedía con el Ejército del Norte tras el Éxodo Jujeño, con la orden explícita del Primer Triunvirato de replegarse hasta Córdoba y abandonar el noroeste ante el avance realista de Pío Tristán.
Al llegar a Tucumán, los vecinos –liderados por referentes como Bernabé Aráoz– convencieron al general de presentar batalla, aportando hombres, caballos y suministros. Belgrano comprendió que retirarse implicaba perder la causa patriota y decidió desobedecer a Buenos Aires.
El 24 de septiembre, en el Campo de las Carreras (sector que abarcaba desde Ayacucho y Lavalle hasta la actual plaza Belgrano), cerca de 1.800 milicianos locales enfrentaron a un ejército realista numéricamente superior. Tras horas de contienda, la caballería patriota y el hostigamiento local forzaron la retirada española.
Devoto de la Virgen María, Belgrano confió la tropa Virgen de la Merced antes de la contienda. Tras la victoria, le entregó su bastón de mando y la nombró Generala del Ejército del Norte.
El triunfo en Tucumán, sumado al de Salta en 1813, frenó la invasión realista, aseguró el control del norte argentino y valió a la provincia el título de “sepulcro de la tiranía”, cimentando las bases para que cuatro años después fuera elegida sede de la Declaración de la Independencia.
Con esa batalla los tucumanos forjaron el temple de una comunidad que, desde sus orígenes, supo levantarse con determinación para moldear su propio destino.
La voz que impulsó la Independencia y el refugio de la Ciudadela
El papel de Belgrano en Tucumán fue mucho más allá del ámbito militar. El 6 de julio de 1816, el Congreso lo recibió en sesión secreta para escuchar su informe sobre la situación europea. Allí explicó que las ideas republicanas perdían fuerza en Europa frente a las monarquías constitucionales y propuso una alternativa audaz: adoptar una monarquía temperada encabezada por la dinastía de los Incas.
Para Belgrano, se trataba de un acto de justicia hacia la casa despojada y de una medida que despertaría el entusiasmo del interior. Sus palabras dieron el empujón decisivo para declarar la Independencia cuatro días más tarde.
El 19 de julio, diez días después de firmada el acta, a propuesta del diputado Medrano, se incorporó al juramento la cláusula que nos declaró libres de España “y de toda otra dominación extranjera”, acallando los rumores de pactos secretos con otras potencias.
Durante aquellos intensos años, el prócer vivió sin lujos en una modesta casa con techo de paja que mandó construir junto a La Ciudadela. Su hogar reflejaba su absoluta austeridad: dos bancos de madera, una mesa sencilla y un catre de campaña con un delgado colchón constituían todo su mobiliario.
Belgrano permaneció en Tucumán reorganizando a las tropas hasta inicios de 1819. Tras una breve y nostálgica estancia final en su vivienda de La Ciudadela a fines de ese año, partió en febrero de 1820 rumbo a Buenos Aires, donde falleció el 20 de junio. En la memoria tucumana, su figura permanece no solo como la del gran estratega de 1812, sino como la del líder austero y entregado que cuidó los primeros pasos de nuestra Patria.
El monumento más antiguo de nuestra ciudad
Caminar por la Plaza Belgrano es pisar el corazón mismo de nuestra historia. En 1817, al enterarse de la gloriosa victoria de San Martín en la Batalla de Chacabuco, el general Manuel Belgrano quiso rendirle tributo y mandó a erigir allí una pirámide de ladrillos. Con ese noble homenaje nacía el primer monumento público de nuestra ciudad.
Con las guerras civiles y el paso del tiempo, dejaron al obelisco olvidado entre matorrales. Recién en 1858, por iniciativa del coronel Emidio Salvigni y un decreto del gobernador Marcos Paz, se decidió trazar formalmente la Plaza Belgrano alrededor del monumento. Años más tarde, en 1877, el escultor José Allio vistió la estructura con los elegantes mármoles que luce hasta hoy.
Con la posterior incorporación de la estatua de bronce de Belgrano –obsequiada a la provincia por el expresidente Julio Argentino Roca y esculpida por Francisco Cafferata–, el paseo terminó de consolidar su fisonomía. Puesta en valor en el Bicentenario de la Batalla de Tucumán, la Plaza Belgrano sigue siendo el rincón de nuestro barrio donde la memoria, la paz de sus árboles y el orgullo de ser tucumanos se encuentran todos los días.
El enfrentamiento
- • Durante el combate se desató una tormenta de viento junto a una densa plaga de langostas.
- El impacto de los insectos desorientó a los realistas, quienes creyeron sufrir un castigo divino.
- • Los “Decididos de Tucumán”
- generaban un estruendo ensordecedor al chocar contra la vegetación, desconcertando al enemigo.
- • Belgrano y el jefe realista, Pío Tristán
- habían sido compañeros y amigos durante sus años de estudio en la Universidad de Salamanca.
- • El triunfo precipitó la caída del Primer Triunvirato en Buenos Aires y la creación del Segundo.
- Esto allanó el camino hacia la Asamblea del Año XIII.
